Del erotismo y el reconocimiento

Crítica: Ángela Cardona – Náufrago, Dir: Tatiana Andrea López Herrera. 2020

Adolescencia, etapa clave para cimentar las bases de la persona que se va a ser, la época para descubrirse y relacionarse de forma afectiva, es cuando surgen cuestionamientos, impulsos, la exploración sexual y la búsqueda del placer y justamente este es el momento que viven Juan y Samantha la pareja que protagoniza Náufrago, él con una libido muy despierta que manifiesta con su constante seducción y ella, que aunque también parece tener un alto apetito sexual, está concentrada en terminar la tarea y evita que se desencadene aquello que él desea.

Es entonces como él en medio del cortejo y sus fallidos intentos explora otras formas de llamar su atención y cuando se habla de exploración no solo lo hace desde los recursos que tiene a la mano, ropa y el maquillaje de mujer, sino desde su misma sexualidad.

Y empieza la seducción y el coqueteo, él se trasviste sin ningún tapujo, baila con erotismo y se mete en un juego de rol que da cuenta de esa búsqueda por el placer sin límites acorde a su edad. En este punto el corto se adentra en un tono erótico que cede a los deseos del protagonista. La iluminación rosa pastel sube de tono y ahora la pasión se desata.

Aquí el corto dirigido por Tatiana López pone al espectador en una posición de mayor contemplación pues la expectativa que se plantea desde el personaje de Juan por la búsqueda de la relación sexual finalmente se da, aún así la narración se mantiene, particularmente a través de la gestualidad y los cuerpos que son los que dan cuenta de las sensaciones de los personajes. Se evidencia entonces un buen trabajo por parte de su directora que sabe conducir a sus actores y que estos logren una expresividad sin diálogos -solo hay un par de palabras en todo el metraje- soportándose de la música que guía el tono de la narración.

Desde el arte y la iluminación es notable que se han hecho, además de narrar, para apoyar el subtexto del corto, sobre todo en su paleta de colores y es que no resulta gratuito el contraste entre el rosa y el azul, justamente la representación de lo femenino y lo masculino en las connotaciones de género y es esto lo que sucede con el personaje de Juan, que en principio parece ser un hombre libre de las ataduras que impone la sociedad desde lo que significa ser hombre, especialmente en una cultura machista en la que no muchos se atreverían a vestirse de mujer y usarlo a modo de seducción, sin embargo él va más allá y es así que consigue su propósito, ella responde también con su exploración y cuando el acto sexual va en alza él disfruta, se ve cómodo, pero al encontrarse a sí mismo ante las convenciones culturales y sociales, naufraga y se deja hundir por ellas, eso que llevaba buscando durante un buen rato ahora no le apetece. Es entonces el reflejo de lo que significa la masculinidad y del enfrentamiento de este hacia las ideas culturales que le coartan su deseo.

Así a través de planos sutiles y cuidados la directora logra un corto entretenido y cargado de erotismo, pero también tiene de fondo un tono crítico donde a través de un joven cuestiona algunos de los parámetros culturales y sociales que confrontan a los hombres.